El cristal nos ofrece una superficie de cualidades muy particulares; su transparencia y brillo son inigualables, pero tiene el inconveniente de ser una superficie antiadherente, sin poros, en la que la pintura normal no penetra, por lo que dificulta su decoración. Por otro lado es un soporte barato y fácil de encontrar en multitud de formas y tamaños, por lo que resulta ser muy útil para iniciarse y experimentar diversas técnicas.
Existen en el mercado gamas de pinturas especiales para cristal que se adhieren y fijan de forma permanente al mismo, conservando y resaltando su cualidad de brillo y transparencia, pero aportando color. Los efectos que se consiguen en algunos casos con ellos son similares al efecto vidriera.
Para utilizar el resto de pinturas del mercado que no son especiales para cristal, debemos recurrir a proteger nuestra decoración, ya que nuestras técnicas comunes no se adhieren al cristal de forma duradera. Fijaremos en estos casos el trabajo con capas cubrientes de barniz, preferiblemente de acabado brillo, aplicadas generosamente para sujetar e impermeabilizar lo mejor posible nuestro trabajo decorativo y para mantener la decoración sujeta a un soporte tan antiadherente, que cualquier roce tendería a despegar con facilidad.